San Román, Rafael – ¿Por qué no me siento bien con mi psicólogo? |


San Román, Rafael – ¿Por qué no me siento bien con mi psicólogo?


4654758943_75f9640369_b

Fui una vez y no volví.

Fui varias veces pero la verdad es que iba por ir.

Pasé toda la hora con ganas de salir corriendo.

Al final de la primera sesión se despidió con un abrazo. ¡Yo no abrazo a quien acabo de conocer!

Yo no quería hablar del tema y aquella mujer no hacía más que hurgar y hurgar en la herida como si necesitara entender cada detalle.

Le expliqué mi caso y lo primero que se le ocurrió a aquel hombre fue preguntarme qué necesitaba yo. ¿No debería descubrirlo él? ¡Necesitaba que me devolvieran a mi ser querido!

Yo intentaba descargar todas aquellas cosas que me hacían sentir mal, que echaba de menos, que me preocupaban… y él no hacía más que hacerme una lista de todas las cosas que iban bien en mi vida para contrarrestar mis palabras. ¿No entendía que lo que me preocupaba es lo que iba mal?

¿Has acudido alguna vez a terapia (sobre todo a raíz de una pérdida importante) y alguna de estas frases te es familiar? ¿Conoces a alguien a quien le ha pasado esto? Si es así –y probablemente es así- entonces tenemos un problema. Los pacientes y los terapeutas. Como personas que buscan ayuda y como personas que nos dedicamos a facilitarla (y que también buscamos o hemos buscado ayuda, a veces).

Es un misterio el por qué algunas relaciones funcionan y otras no. También las relaciones terapéuticas, que son el marco en el que se produce la ayuda y el crecimiento personal (tanto del paciente como de la persona que le acompaña). Es un misterio porque no se ve, simplemente está o no está, se produce o no se produce, se siente o no se siente. Pero es importante saber que la buena relación terapéutica no emergerá espontáneamente en la consulta por el mero hecho de reunirse y hablar. Ninguna cuadrilla de enanitos vendrá por la noche a construirla por nosotros, sino que existirá en la medida en que, como terapeutas, la promovamos. Con la imprescindible ayuda de la motivación del paciente. Si lo fiamos todo a que este se comprometa con la terapia o creemos firmemente que la cuadrilla de enanitos existe y obrará la magia por nosotros, entonces tenemos un problema. ¿Consecuencia? Como en tantos otros casos, la relación acabará rompiéndose… más pronto que tarde.

A veces, la buena relación terapéutica se consigue apuntalar en la primera sesión. Otras, cuesta algunos días construirla. No importa su arquitectura. Lo cierto es que, sean como sean los planos y la maqueta, el psicólogo dispone de poco tiempo para levantar un edificio cuyo mantenimiento tendrá que extenderse durante todo el tiempo que dure la terapia. Y es su responsabilidad hacerlo: a diferencia de relaciones entre amigos o de pareja, caracterizadas por la simetría, la relación terapéutica es asimétrica por definición en cuanto a lo que se espera que uno de los miembros haga por el otro. Es decir, si bien en una relación de amistad o de pareja el marco es “hoy por ti, mañana por mí”, la relación terapéutica siempre es “hoy por el paciente”.

Los ladrillos de la relación terapéutica, sobre todo en el acompañamiento en duelo, son básicamente la empatía, el respeto, la paciencia y la sintonía. Estos ladrillos están presentes, por supuesto, durante todo el proceso, pero si no están en el arranque del edificio, este no podrá levantarse. De hecho, no servirá de nada que aparezcan más tarde, porque lo más seguro es que, para entonces, el paciente haya abandonado la terapia.

Los estudiantes de “arquitectura de la relación terapéutica” pueden recurrir a la abundante literatura existente sobre los componentes de estos ladrillos. Aquí solo apuntaremos que la empatía es responder a las necesidades relacionales de la persona; respeto es aceptar a la persona allá donde está en su proceso; paciencia es la capacidad para seguir el ritmo de la persona sin desvelarle los siguientes pasos antes de que ella descubra cuáles son y sintonía es caminar a su lado.

Luego, por supuesto, pasarán mil cosas durante el camino, no todo depende de la omnipotencia relacional del terapeuta (aquí superhéroes, los justos). No hay que olvidar que la primera que tiene responsabilidad en su desarrollo personal es la persona que busca ayuda. Simplemente prestemos atención a la importancia de la buena relación terapéutica como marco en el que se produce esa ayuda. Nos haremos un gran favor como pacientes (ya lo han dicho antes que este otros blogs y lo repito: si pasado un tiempo prudencial sientes que tu terapeuta no te entiende… ¡deja de ir!), como profesionales de la ayuda (¿nos pagan por lo que sabemos? Pues sepamos algo y dignifiquemos la profesión) y, entre todos, como sociedad cuyos miembros tienen recursos de calidad para cuidar unos de otros.

Este texto es propiedad intelectual de Rafael San Román y se ha obtenido de su blog especializado en duelo y pérdidas http://psicoduelo.com/


 
 
 
- © Jose Luis Ayu -